viernes, 30 de octubre de 2009

Mami, ¿quién fue el gran amor de tu vida?

-¿Quién fue el gran amor de tu vida, ah?
¿Te lo preguntó alguna vez tu hija o tu hijo de nueve años?
¿Te lo preguntó con esa manera particular que tienen los niños de nueve años de preguntar lo que no puede preguntarse en el momento que menos esperas, por lo general cuando estás preparando la cazuela de la noche u organizando los papeles para la reunión del día siguiente?
La respuesta se complica cuando el gran amor de tu vida no fue el papá o la mamá del preguntón o preguntona, aunque en tales casos el preguntón o preguntona supone que el gran amor de la vida de uno es esa persona y por lo tanto no te lo preguntará.
-A ver, a ver, a ver. A ver. Déjame ver. Mmm, veamos -le respondes con la esperanza de que la repetición de los averes consiga impacientar al preguntón o preguntona y que al final opte por pedir que le sirvas la cazuela porque ya le suenan las tripas.
Ah, pero qué mala suerte, los niños y las niñas de nueve años que te preguntan ese tipo de cosas no se rinden con la facilidad con la que te rindes tú.
-Bueno, ¿me vas a decir quién fue el gran amor de tu vida o no me lo vas a decir, ah?
-Es que, es que eso depende de los años que uno tenga. Mi primer gran amor lo tuve a los nueve, mira qué casualidad, tu edad, y nos pasábamos el día dándonos besos a través de la reja que dividía ambas casas.
-No, yo te estoy preguntando por el gran amor de tu vida.
-El segundo gran amor de mi vida lo tuve a los doce, era amigo de tu tío y nunca me dio bola.
-No pues, eso no es un gran amor de la vida.
-El tercer gran amor de mi vida fue el profesor de Física, yo lo contemplaba desde un pupitre en primera fila y de vez en cuando suspiraba alto para que él me escuchara. Pero dejó de ser el gran amor de mi vida cuando me reprobó en Electromagnetismo.
-Eso tampoco es un gran amor de la vida -dice entre dientes, se cruza de brazos, frunce el ceño y te mira como si fueras un tarado.
-El cuarto gran amor de mi vida fue tu papá.
-Si no entiendes la pregunta te la puedo repetir des-pa-ci-to, ¿quieres?
-Ay, no sé. Ya está lista la cazuela, ¡a comer!
Entonces le apuras el plato para que se llene la boca con el zapallo que está tan rico, tan tierno y deje de preguntar lo que no le puedes responder.
Cómo le vas a decir que del gran amor de tu vida no puedes hablar. Tal vez cuando cumpla veinte si es que te lo pregunta de nuevo.

© Carolina Meneses Columbié