miércoles, 30 de diciembre de 2009

Cuento: * El negro del bongó

* Mención en el Concurso Interamericano de Cuentos 2006 de Fundación Avon


Del libro CARIBE

“Pero mi repique bronco,
pero mi profunda voz,
convoca al negro y al blanco,
que bailan el mismo son,
cueripardos o almiprietos
más de sangre que de sol,
pues quien por fuera no es noche,
por dentro ya oscureció.”
Nicolás Guillén

El negro está sentado en un taburete en el centro de la pista de baile con el gentío alrededor y el bongó entre las piernas. Tamborilea un toque breve. Deja las manos quietas sobre el instrumento y levanta la cabeza con los ojos cerrados. Aspira profundo. Sin abrir los ojos ni bajar la cabeza inicia un repique lento. Los cuerpos siguen el ritmo que se acelera hasta que el toque se interrumpe con un golpe de palmas contra tambores. El gentío aplaude. El negro tiene la espalda erguida, el cuello recto, la mirada fija, las manos en las caderas. Se pone de pie, entrega el bongó a un empleado del club y se va con la negra grande que lo viene acompañando las tres últimas semanas. La blanca sale del rincón en penumbra desde donde suele observarlo sin ser vista y vuelve al trabajo. Ya no se concentra. A una mesa lleva el pedido de la otra. Un cliente se queja.
—Oye, chica —le dice el jefe que la ha seguido hasta la cocina—, o te pones pa´ la cosa o te vas. Siempre la misma jodienda contigo, carajo.
Cuando la blanca termina el turno, el novio la espera en la calle.
Caminan tomados de la mano. Él le cuenta lo que hizo en el día. Ella no lo escucha. Él trata de besarla. Ella le aparta la cara y lo mira de arriba abajo.
—Vete —le dice—, quiero estar sola.
—¿Qué?
—Que quiero estar sola —repite y se mira las uñas de la mano derecha.
El novio da media vuelta, da algunos pasos, regresa para enfrentarla.
—No se te ocurra llamarme más.
La blanca lo ignora y sigue el camino. En una semana termina la vigencia de la autorización de trabajo y se pregunta cuándo y dónde volverá a ver al negro, ¿y si él no apareciera por el club el próximo sábado?
—Mal ambiente —dijo el padre que miraba el noticiero—, mala calaña, cafiches, putas. No es lugar para una escolar. ¿Por qué tiene que ser ahí?
Maldito sea su padre, viejo anacrónico, que no entiende nada de nada.
—Ay papá, en una sola noche sirviendo mesas en el club se gana lo de una semana empaquetando mercadería en el supermercado.
—No me gusta. Te prefiero empaquetando en el supermercado o limpiando autos en el estacionamiento. Al menos en los supermercados hay gente decente, y la que no lo es lo disimula.
—No exageres. La chica dejará el uniforme este año, ya sabe cuidarse —dijo la madre y firmó la autorización de trabajo que le había llevado la hija, se la devolvió y siguió planchando la ropa mientras miraba de reojo las noticias de la tele.
— Un mes, nada más —concluyó el padre.

La blanca no deja de vigilar la puerta y el jefe no deja de vigilarla a ella. Cuando las miradas de ambos se cruzan, él la apunta con el índice.
—Estúpido —murmura ella.
El negro llega y el gentío lo recibe con aplausos. La blanca va al rincón y desde allí nota que esta vez no viene acompañado. Saca medio cuerpo de la penumbra, recorre con la vista el salón y la detiene un momento en la puerta por si la negra se quedó rezagada.
El negro bebe a sorbos pausados una medida de ron y le escucha decir al barman algo que lo hace reír. Cuando termina el trago se seca la boca con el dorso de la mano, toma el bongó que le había dejado sobre la barra uno de los empleados y camina hacia el gentío que lo espera.
La blanca sale del rincón y se le va acercando con pasitos lentos. La negra sigue sin aparecer.
—Oye, chica —dice el jefe que la agarra por un brazo— ¿Adónde vas?
La blanca se le sacude.
—¡Ey, ey! —protesta el jefe.
Ella apura el paso. Se detiene frente al negro que ya está tocando, con los ojos cerrados como siempre. Le mira las manos grandes que golpean el instrumento y por entre la camisa abierta, la piel lampiña y mojada del pecho. Le mira las fosas nasales dilatadas, los labios tensos, los muslos largos que afirman los bongós.
El negro levanta las manos, las sostiene un instante, las deja caer. El toque cesa. En ese mismo momento la blanca siente en el hombro el peso de otra mano. El jefe le grita:
—¡Ea! Lárgate de aquí.
Ella trata de zafarse, pero la mano aprieta y la arrastra hacia la salida. Tropieza con los pies de alguien y cae de rodillas. La mano le agarra el brazo y de un tirón la pone en pie. La blanca, que no aparta la vista del piso, escucha carcajadas e imagina que el negro también se divierte con la escena.
El jefe se detiene frente a la puerta y la abre. La blanca recibe en la cara el golpe de brisa nocturna y en los ojos que todavía no levanta, la visión de unas piernas gruesas que terminan en un par de sandalias rojas de taco aguja. La negra entra agitada. Para dejarle el paso libre el jefe se hace a un lado arrastrando a la blanca con él. Luego se apoya en el marco de la puerta, toma aire y la arroja a la calle.
Mientras trastabilla para no caer retumba el portazo a sus espaldas.
Llora en silencio junto a la puerta y espera. Calcula que la pareja no tardará en salir. Aprieta los puños. Tiembla.
La puerta se abre y aparece en el umbral el negro con la negra a sus espaldas. La blanca no se quita y el negro le pregunta:
—¿Qué pasa, blanquita?
La negra se adelanta y con una mano corre al negro para atrás. La blanca deja de temblar, aprieta más los puños, tensa el cuerpo.
—¡Largo! —le dice la negra con voz ronca.
Es una mujerona de carnes firmes y abundantes. La blanca la observa desde varios centímetros más abajo y escucha la risa burlona del negro.
—He dicho que te largues, blanca sucia.
La blanca entrecierra los ojos y ya no mide la altura de la otra, sólo tiene ante sí a una mujer vieja y usada a la que agarra por el cuello de un salto. Caen al piso, ruedan desde la entrada hasta la vereda y de ahí a la calle, cada una aferrada al pelo de la otra, gruñendo.
—¡Pelea, pelea! —anuncia el negro en tono de fiesta y vuelve a entrar.
Por entre los dedos que le arañan la cara, la blanca ve al gentío que sale del club con el negro a la cabeza.
El gentío aplaude y azuza. Algunas voces que se alzan para repetir apuesten, apuesten son apagadas por un coro que grita pelea en serio, pelea de verdad, pelea en serio, pelea de verdad. Suena el bongó. El negro lo toca al interior del corro.
Plácata-placápata-pla-cá, plácata-placápata-pla-cá.
Aquí la negra monta a la blanca, allá la blanca monta a la negra. Alza una palma el negro, desciende la otra. Arriba la negra, abajo la blanca. Pelea en serio, pelea de verdad. El gentío baila.
Plácata-placápata-pla-cá, plácata-placápata-pla-cá. Caen las palmas.
El gentío quieto contempla embelesado a la blanca que a horcajadas sobre la negra le azota la cabeza contra el pavimento.
Amanece. En la calle no se escucha más que el sonido de los golpes de las manos de la blanca sobre el cuerpo inerte de la negra que aún se movía cuando los que apostaron por la blanca, quién sabe por qué, quizás de puro borrachos, exigieron que los billetes, las prendas de oro y de plata y algunas de vestir, comenzaran a repartirse.
Terminada la repartija el gentío se dispersó. Los perdedores, el negro del bongó entre ellos, protestando y maldiciendo a la negra de mierda.
La blanca detiene los golpes cuando escucha la sirena de la patrulla que se acerca con rapidez. No alcanza a huir y tampoco está en condiciones de hacerlo. Pero está sola. La negra ya no cuenta. Les dirá que la otra, celosa, atacó primero, y le creerán. Basta con mirar el cuerpo tirado en la calle para saber qué clase de basura era.


© Carolina Meneses Columbié